La Sublime Puerta

29.09.2017 10:17

Desde la terraza del Café Loti, sobre la última de las siete colinas de Estambul, la vista muestra como el Cuerno de Oro separa la ciudad nueva, a la izquierda, del viejo Serrallo y los recuerdos de pasados imperios. Más allá se intuye Asia. Sobresalen los puentes entre ambas orillas con su frenético tráfico y los numerosos minaretes que se proyectan hacia las alturas convocando a los creyentes.

Son los alminares de Santa Sofía, de la Mezquita Azul de Sultanahmet, de Yeni Camii, de la Rüstem Pasa Camii, de Beyacit y de Suleymania y de tantas otras, al lado de las innumerables cúpulas que se perfilan sobre el gran palacio de Topkapi, junto a la Sublime Puerta, aquella que daba acceso al gobierno del Gran Visir y, por tanto, del Imperio. Pero descendiendo de las alturas hasta el pavimento, cerca de donde se dilucidan asuntos más mundanos, aquí la gente viene y va mezclada con los turistas que vagan entre los autocares y la plaza de Ayasofya. Siguiendo la que en tiempos de Roma y de Bizancio fue la gran avenida que atravesaba la urbe y que hoy recorren a lo largo las vias del tranvía, se abren comercios de todo tipo hasta llegar a la plaza de Beyacit. Antes, a mano derecha, una acera en leve descenso conduce hasta la puerta de Kapalıçarşı, el Gran Bazar. Un vericueto en el que se encuentran y se alejan cincuenta y ocho callejones cubiertos donde se agolpan mercancías de todas clases. Cuatro mil tiendas ofrecen lámparas colgantes de cristal con refuerzos metálicos, coloridas telas, cristalerías y juegos de té, entre otros miles de cosas. En otros tiempos existían caravanserais en los que los mercaderes foráneos podían alojarse y guardar sus productos. Los precios se negocian en un parloteo en el que suele tener ventaja el vendedor, en particular si quien compra no tiene una idea aproximada del valor del objeto de sus deseos.  

En el barrio de Eminönü, no demasiado lejos, está Mısır Çarşısı, el bazar de las especias. No emula en dimensiones al Gran Bazar por supuesto, pero es extraordinariamente diverso en su especialidad. Se amontonan en cuidadas pilas cúrcuma molida, granos de cardamomo, estrellas de anís e inimaginables mezclas de curry y sazones ya preparadas y no faltan los populares encurtidos en sus potes de vidrio que muestran avinagrados pedazos de zanahoria, pepinillo, guindilla o aceitunas. También hay jabones perfumados de frutas y flores, aromas diversos apretujados en delgadas barras de incienso y sándalo que solo esperan ser encendidos para dispersar sus esencias.

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© J.L.Nicolas

 

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